ESTRÉS Y AGOTAMIENTO EMOCIONAL

Las cuerdas de las guitarras se estiran, pero si se llevan más allá de sus límites, se rompen. Cada cuerda tiene diferentes grados de aguante. De la misma manera, el organismo humano está dotado genéticamente de una capacidad para soportar y manejar determinado grado de estrés (Freud, 1982-quinta edición).

La capacidad de manejo del estrés es individual, pero sin lugar a dudas, inciden factores ambientales y de aprendizaje (conductas aprendidas). Esto quiere decir que, el estrés depende en gran parte de la forma en que cada persona haya aprendido a manejar los conflictos y los problemas de su diario vivir, según su estructura psico-emocional. En realidad, todos los seres vivos, incluyendo los humanos, hemos padecido diferentes grados de estrés. El secreto consiste en los recursos internos que posee cada persona para luchar, sin sucumbir, ante las presiones internas y externas que dicha persona tiene que manejar en su diario vivir (DSM-V).

Popularmente se dice que el estrés es propio de las personas que tienen grandes responsabilidades, compromisos, empresas y negocios. No obstante, los profesionales que nos ocupamos de la higiene y la salud mental sabemos que, el estrés lo puede padecer cualquier persona, sin importar que sea un niño/a, un adolescente, un joven, adulto o una persona de la tercera o la cuarta edad, sin importar su condición social.

Científicamente está comprobado que, el estrés es la respuesta del cuerpo humano a cualquier demanda que requiere hacer un reajuste o una adaptación para mantener “su estado normal”. No importa lo que haga una persona o lo que deje de hacer, pues en los seres vivos, especialmente en las personas, siempre surge la demanda de mantener la vida, resistir y adaptarse a las cambiantes influencias internas y externas. El organismo humano necesita una dosis moderada de estrés para afrontar con éxito el desafío de nuestras responsabilidades diarias. Como podemos ver, se puede hablar de un estrés negativo, por un lado, y de un estrés positivo, por el otro lado, lo que garantiza un ambiente de tensión y equilibrio a la vez. El estrés es algo inevitable.

Los psicólogos y siquiatras sabemos que, aun en estado de esparcimiento y diversión o cuando estamos dormidos, nuestro organismo está sometido a cierta clase de estrés; el corazón debe seguir bombeando sangre, los intestinos tienen que digerir la cena y los músculos tienen que mover el pecho para poder seguir respirando. Incluso, cuando soñamos, es la evidencia más patética de que nuestro cerebro no está en completo reposo. Es por ello que, el estrés crónico deja huellas indelebles en nuestro organismo, a menos que aprendamos a manejarlo y tomemos el control de nuestros nervios y el control de nuestras propias vidas. Si el estrés excede nuestra capacidad para su manejo, podríamos perder el control de nuestras emociones y tensar nuestra defensa hasta el desquiciamiento (DSM-I; DSM-II;DSM-III;DSM-IV y DSM-V).

Cuando una persona sufre un momento de cólera intempestiva, se abren los ojos, la saliva se retira de la boca, la respiración se acelera como si el aire se tornara insuficiente y su nivel de azúcar almacenada en el hígado irrumpe en la sangre para servir de fuente de energía. En tales condiciones, se podría paralizar  la digestión e iniciarse un proceso de sudoración copioso y los músculos se podrían tensar (F.J: Florez Tascon; y, J.M: López, Ibor, 2016).

Bajo un ambiente de estrés, el cerebro libera adrenalina, provocando una serie de reacciones psíquicas y químicas y el organismo se coloca en estado de franca emergencia. En condición de emergencia, el cerebro actúa según su conveniencia. En condiciones de estrés generalizado, se embota la inteligencia, se tensa el cuerpo, los reflejos nos traicionan, se gasta mucha energía en el manejo de la crisis, perdemos vitalidad y se presenta un cambio propicio para las infecciones (DSM-V- Abril 2018).

No obstante, en un nivel óptimo de estrés, se produce un equilibrio entre la energía que disponemos y la que nuestro organismo necesita para su funcionamiento normal. En esa condición de estrés controlado, nuestra capacidad mental es sumamente productiva y placentera. Todo esto pone en funcionamiento la energía corporal, nos da el vigor y el entusiasmo necesario para afrontar la cotidianidad y fortalecer nuestro sistema inmunológico (DSM-III; DSM-IV).

La práctica de ejercicios físicos y los diversos medios de relajamiento, nos ayudan a prevenir y mitigar el estrés; la relajación física y mental, el masaje y el control de la mente, la meditación a solas, el ejercicio de yoga, las técnicas de respiración, entre otras, nos permiten controlar el estrés y vivir sin angustia y ansiedad. Lo antes descripto, nos permite calidad de vida (J: Kabat-Zim,2004).

Los especialistas en higiene y salud mental sabemos que, un estrés severo conduce a un estado de agotamiento, el cual podría llevarnos a la muerte. En el curso de una vida normal, las personas pasan una y mil veces por varios de los estadios del estrés. De no haber ocurrido lo anterior, nunca las personas podríamos adaptarnos para llevar a cabo las actividades y responsabilidades que debemos afrontar en el transcurrir de nuestras vidas (DSM-IV y DSM-V).

Es oportuno compartir con ustedes que, cada persona al nacer dispone de cierta cantidad de energía de adaptación, cuya magnitud se determina por el factor genético individual. En tal sentido, cada persona puede ir gastando frugalmente de este recurso o capital energético durante una existencia larga, pero monótona y sin accidentes especiales, o bien, gastarlo pródigamente en el curso de una vida tensa e intensa, pero más variada y emocionante, según sean sus gustos, hábitos y sus preferencias.

No obstante, la ausencia total de estrés, sólo se logra con la muerte. En contra de la opinión común, hay que afirmar que no debemos (y de hecho no podemos), evitar el estrés. Al contrario, debemos aceptar el estrés, manejarlo y disfrutarlo, según nuestra filosofía de vida. Siempre se ha dicho que, los seres humanos siempre vamos a tratar de identificar y neutralizar los estresores generadores de estrés y, maximizar, los estresores que generan bienestar (Viktor Frankl, 1987).

Por su parte, el agotamiento emocional es una respuesta del organismo humano al estrés. Es un mecanismo de defensa extremo que nuestra Mente pone en marcha cuando no puede asimilar y manejar situaciones complicadas por las que está atravesando. La feroz competitividad e inseguridad que rigen el ámbito laboral, las exigencias del medio social, los cambios transcendentales en los enfoques de vida y las costumbres, condicionan un ritmo despiadado y vertiginoso que genera angustia, agotamiento emocional y trastornos en los ritmos de alimentación que generan dolencias físicas y psíquicas (E: Lukas, 2003).

Para combatir el agotamiento emocional, es necesario identificar las causas que nos han llevado a vivir esta desagradable situación. Un trabajo que no nos gusta, unas relaciones personales en las que no nos sentimos libres para comportarnos tal y como somos o una gran cantidad de tensión acumulada a lo largo del tiempo, pueden ser los detonantes de un cuadro de agotamiento emocional severo que usted podría evitar.

Finalmente, si el cuadro de agotamiento emocional es muy agudo, es recomendable que la persona que lo padece acuda a un profesional de la psicología o la psiquiatría. Los psicólogos y los psiquiatras estamos entrenados para apoyar a las personas que presentan cuadros complejos de estrés y/o agotamiento emocional que, probablemente lo han dejado a usted, a un familiar, a amigo o a un conocido fuera de combate.

 

Por: Dr. Telesforo González Mercado, Ph.D.

Psicólogo Social y Planificador Estratégico

Fuente

Telésforo González

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