Hacer del turismo un motor que regenera territorios
“La sostenibilidad ya no es tendencia, es exigencia.”
Gilberto Salcedo
Colombia ha demostrado que la sostenibilidad, lejos de ser un freno, puede convertirse en palanca de crecimiento turístico, bienestar social y reputación global. Gilberto Salcedo, abogado, especialista en gestión pública y magíster en gestión de destinos turísticos, ha sido protagonista de esta transformación. Desde la Vicepresidencia de Turismo de ProColombia lideró la estrategia de reactivación que llevó al país de 4,5 millones de visitantes internacionales y 6.750 millones de dólares en 2019 a 7 millones de turistas y más de 10.000 millones de dólares en 2024, reconocimiento que le valió ser destacado como Top Performer por el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC, por sus siglas en inglés). Hoy, como consultor y miembro de juntas directivas, impulsa un modelo de turismo que combina conservación, inclusión y competitividad. En esta edición dedicada a la sostenibilidad, su visión lo convierte en la voz ideal para la sección Gente de Éxito, donde el liderazgo se mide por el legado que deja en los territorios y en las comunidades.
Colombia ha demostrado que la sostenibilidad puede ser un motor de crecimiento turístico y no un freno. Desde su experiencia liderando la reactivación de la industria, ¿qué condiciones sistémicas —políticas, sociales y de mercado— considera imprescindibles para que un país pueda convertir la sostenibilidad en un modelo competitivo de largo plazo?
Cuando se habla de sostenibilidad, muchas veces se piensa en restricciones, límites o frenos al desarrollo. Sin embargo, la experiencia reciente de Colombia demuestra algo distinto: cuando se gestiona de manera inteligente, la sostenibilidad puede convertirse en un motor de crecimiento, no solo responsabilidad social. Pero para que eso ocurra, un país necesita condiciones sistémicas muy claras.
La primera tiene que ver con la coordinación institucional. La sostenibilidad no avanza cuando es una tarea aislada del sector ambiental, sino cuando turismo, ambiente, transporte, ordenamiento territorial e inversión trabajan bajo un mismo propósito. Colombia dio un paso importante con la creación de la Política de Turismo Sostenible “Unidos por la Naturaleza”, que estableció una hoja de ruta común para que todos los actores públicos y privados entendieran que el crecimiento debe ir acompañado de equilibrio.
La segunda condición es contar con información. No se trata de tener modelos complejos, sino datos básicos que permitan decidir bien: estado de los ecosistemas, capacidad real de carga, presión sobre servicios públicos, calidad del empleo y participación local. Cuando un destino sabe dónde puede crecer y dónde no, evita decisiones que comprometen su futuro.
La tercera condición proviene del lado del mercado. Hoy existe una demanda internacional mucho más informada y exigente. El estudio global de Expedia Group lo demuestra:
- 70 % de los viajeros prefiere destinos con acciones concretas de sostenibilidad.
- 71 % pagaría más por operadores responsables.
- Dos tercios evitan lugares con prácticas consideradas dañinas.
Es decir, la sostenibilidad ya no es tendencia, es exigencia. Los destinos que cuidan su patrimonio natural y cultural atraen mejores visitantes, mejor reputación y beneficios más estables en el tiempo.
Pero quizás la condición más determinante es entender que un destino sostenible no es el que atrae más visitantes, sino el que prepara el territorio antes de crecerlo. Eso implica educación turística, protección del paisaje, participación comunitaria, manejo del suelo, infraestructura adecuada y coordinación local.
En síntesis, un país convierte la sostenibilidad en ventaja competitiva cuando articula instituciones, entiende su territorio, responde a una demanda global más consciente y diseña un modelo donde el turismo mejora el lugar donde sucede. Esa es la apuesta de largo plazo que Colombia está empezando a consolidar.
En su artículo (publicado en nuestra plataforma) plantea que el futuro del turismo no se medirá solo por llegadas, sino por bienestar local. ¿Qué indicadores concretos deberían incorporarse a la evaluación de los destinos para medir ese “bienestar” y cómo deberían transformarse las instituciones para garantizarlo?
Cuando hablamos de bienestar no hablamos de cifras abstractas, sino de algo mucho más concreto: cómo cambia la vida de la gente y cómo evoluciona el estado del territorio. Para medirlo, los destinos necesitan indicadores que sean comprensibles, útiles y que realmente reflejen si el turismo está mejorando el entorno o deteriorándolo.
Un punto de partida es evaluar el estado de los ecosistemas. Saber si un bosque, un manglar o un humedal está mejor o peor que hace unos años es esencial para cualquier decisión. Esto no exige mediciones complicadas: basta con observar la presencia de fauna, la cobertura vegetal o la calidad del agua. Si el ecosistema se deteriora mientras crece el turismo, no estamos creando bienestar.
También es clave entender cuánto del beneficio económico se queda realmente en las comunidades. No basta con ingresos brutos. Es también relevante cuántos proveedores locales participan, cuántos jóvenes encuentran empleo digno, cuántos emprendimientos del territorio se fortalecen y qué tan directa es la circulación de ingresos en la economía local. A eso se suma la calidad del empleo turístico. Un destino no prospera con empleos precarios: necesita formación, formalización y oportunidades reales para mujeres y jóvenes.
Hoy, además, hay un indicador crítico que muchos destinos están incluyendo: el impacto en la vivienda y la gentrificación. La presión de la renta turística puede expulsar a los residentes, aumentar los arriendos y transformar barrios enteros. Por eso se requieren herramientas como: límites al número de inmuebles de alquiler de corta estancia por sectores, regulación diferenciada entre zonas residenciales y turísticas y seguimiento al incremento del canon de arrendamiento. Un destino sostenible protege su tejido social tanto como su biodiversidad.
Pero más allá de los indicadores, la pregunta es cómo deben transformarse las instituciones para garantizar estos resultados. Y aquí hay un cambio esencial: los DMO (Destination Management Organizations) y las autoridades locales no pueden dedicarse solo a promocionar; deben gestionar el destino de manera integral. Eso implica coordinar ordenamiento territorial, manejo del suelo, servicios públicos, vivienda, movilidad, seguridad, cultura y ambiente con la misma atención que se dedica a atraer visitantes.
La prioridad no puede ser únicamente “traer más turistas”, sino preparar el territorio para recibirlos sin perder su esencia, sin presionar a las comunidades y sin comprometer su futuro ecológico. Al final, medir bienestar y gestionar bienestar son dos caras de la misma moneda. Los destinos que lo entiendan no solo serán más sostenibles: serán más competitivos y más resilientes en el largo plazo.
Usted afirma que “contar bien el país es una forma de protegerlo”. ¿Cuál es el principal error narrativo que cometen los países megadiversos al comunicar su identidad turística y qué elementos deberían guiar una narrativa que combine belleza, propósito y pertenencia?
Hay dos errores frecuentes. Uno, presentar y promocionar la naturaleza como si fuera infinita. Expresiones como “riqueza inagotable” o “selvas interminables” generan una ilusión de abundancia eterna. La realidad es otra: nuestros ecosistemas son frágiles y muchos están amenazados. Otro error consiste en contar paisaje sin propósito. Por ejemplo, se muestran fotos, pero no se explica por qué ese ecosistema importa, qué rol cumple, cómo se beneficia la comunidad y qué responsabilidad asume el visitante.
Una narrativa madura combina la belleza, el propósito y la pertenencia. Colombia tiene un ejemplo extraordinario: los Manuales Ilustrados para Guías de Naturaleza (https://guianaturaleza.colombia.travel/manual.html), Cultura (https://guiacultura.colombia.travel/manual) y del Río Magdalena (https://guiamagdalena.colombia.travel/manual).
Son un modelo de narrativa responsable: educan, conectan, inspiran y fortalecen identidad.
El equilibrio entre conservación y desarrollo económico sigue siendo una tensión real en territorios biodiversos. ¿Cómo se gestiona ese dilema desde la política pública y desde la industria para evitar que el turismo se vuelva extractivo, especialmente en regiones vulnerables como Amazonía, Macizo o el Pacífico?
La tensión existe, pero no se resuelve con políticas de “no tocar”. Esa postura, aunque bien intencionada, suele excluir a las comunidades y abrir espacio para actividades ilícitas.
La solución es un modelo equilibrado que contemple desde el Estado ordenar el territorio antes de promoverlo, definir límites y reglas claras, establecer zonas de protección, integrar infraestructura, servicios y presencia institucional y asegurar que la comunidad participe y se beneficie.
Desde la óptica de la industria hay que hacer un trabajo detallado para atraer visitantes bien segmentados que aprecien, respeten y entiendan el destino. Asimismo, turistas informados que aporten más valor y menos presión. El turismo bien diseñado protege, el improvisado destruye.
En un contexto global donde 7 de cada 10 viajeros evitan destinos sin criterios claros de sostenibilidad, ¿qué capacidades institucionales y empresariales necesita fortalecer Colombia para escalar experiencias que no solo cumplan estándares, sino que realmente transformen territorios?
Colombia tiene una ventaja singular: llegó tarde al turismo internacional.
Durante décadas el conflicto impidió consolidar una industria de gran escala y solo a partir de 2007 el país comenzó a promocionarse de manera sostenida. Ese retraso, que en otros sectores podría ser una desventaja aquí representa una ventana histórica debido a que aún estamos a tiempo de aprender de los errores de otros destinos, evitar la saturación y crecer con equilibrio.
Para lograrlo, Colombia necesita fortalecer capacidades muy concretas: gestionar mejor los territorios antes de crecerlos. Esto empieza por comprenderlos. Los destinos requieren una lectura detallada sobre dónde pueden expandirse, dónde deben limitarse y dónde la fragilidad es tan grande que cualquier actividad debe evaluarse con lupa. Esta comprensión territorial, basada en datos y en la voz de quienes viven allí, evita decisiones improvisadas.
Al mismo tiempo, el país necesita avanzar en la profesionalización del sector. Empresas, operadores y autoridades locales deben contar con más herramientas prácticas en sostenibilidad, manejo del suelo, experiencia del visitante, seguridad, protección cultural y relación con comunidades. Las certificaciones y estándares no deben verse como requisitos externos, sino como instrumentos que elevan calidad y reputación.
Pero quizá el cambio más importante está en el plano local. El turismo solo funciona cuando hay articulación real entre comunidad, autoridades municipales, sector privado y entidades ambientales. No se trata de reuniones formales, sino de construir decisiones compartidas. Qué tipo de turismo queremos, cuánto podemos recibir, qué zonas deben protegerse y cómo asegurar que los beneficios lleguen a quienes viven allí.
Si Colombia logra integrar mejor estas tres dimensiones podrá hacer algo que pocos países han logrado: crecer sin perder su esencia, garantizar bienestar para quienes habitan los destinos y responder a una demanda global que cada vez valora más la responsabilidad, la autenticidad y el equilibrio.
Usted describe el transporte aéreo como un actor inevitable para la inclusión turística, pero también una fuente de emisiones críticas. ¿Qué innovaciones —regulatorias, tecnológicas y de mercado— considera viables para que la aviación latinoamericana evolucione hacia un modelo más sostenible sin aislar a las comunidades que dependen de ella?
En América Latina, la aviación no es un lujo: es una necesidad. Para miles de comunidades, especialmente en países con geografías complejas como Colombia, el avión es la única conexión real con salud, educación, empleo y, por supuesto, turismo. Esa realidad hace que la discusión sobre sostenibilidad no pueda ser dogmática. La región necesita reducir emisiones pero sin desconectar territorios.
La buena noticia es que ya existen avances concretos. El primero tiene que ver con la eficiencia real de las operaciones, especialmente en las aerolíneas de bajo costo. Flotas más nuevas, más sillas por avión, mejores prácticas operativas y rutas optimizadas han reducido significativamente la huella por pasajero. No son soluciones definitivas, pero sí pasos inmediatos y medibles.
En paralelo, muchas aerolíneas de la región están desarrollando proyectos de compensación responsables mientras llegan las soluciones estructurales. Restauración de bosques, protección de cuencas, economías circulares en aeropuertos y reducción de residuos se han convertido en componentes de sostenibilidad que complementan los esfuerzos tecnológicos. Estas iniciativas no reemplazan la necesidad de descarbonizar, pero ayudan a mitigar impactos en el corto plazo y generan beneficios locales.
La siguiente transición llegará con los combustibles sostenibles de aviación (SAF, por sus siglas en inglés). Aunque todavía son costosos y requieren infraestructura nueva, la dirección ya está trazada: regulaciones que obligan a mezclar porcentajes mínimos, incentivos a la producción local y aeropuertos que empiezan a prepararse para abastecerlos. No será una transformación inmediata, pero es inevitable y, sobre todo, posible si gobiernos y aerolíneas la abordan conjuntamente.
Lo más importante es entender que esta transición no puede avanzar a costa de los territorios más aislados. El reto de la región no es elegir entre conectividad y sostenibilidad, sino construir un modelo donde ambas coexistan. La aviación está dando pasos en esa dirección y lo que falta es acelerar la coordinación entre autoridades, aerolíneas y aeropuertos para convertir estas iniciativas dispersas en una estrategia común.
Si América Latina logra avanzar de manera gradual, realista y articulada, la aviación podrá convertirse en uno de los motores de la transición hacia un turismo más responsable y una región mejor conectada.
Colombia aún está “a tiempo de crecer con equilibrio”. Con su rol actual como consultor y miembro de juntas, ¿cuáles cree que serán los puntos de quiebre que definan si el país logra un turismo para los próximos 100 años o cae en los errores de saturación que han vivido otros destinos?
Colombia pasa por un buen momento. Mientras muchos países llevan décadas corrigiendo problemas derivados de un crecimiento turístico demasiado rápido (saturación, presión inmobiliaria, pérdida de identidad), Colombia entró tarde al escenario internacional debido al conflicto armado. Esa tardanza, paradójicamente, nos ofrece una ventaja: aún podemos elegir el modelo de turismo que queremos construir.
Los puntos de quiebre de los próximos años serán, sobre todo, las decisiones que tomemos en el territorio. El primero tiene que ver con cómo manejemos el crecimiento en el Caribe y el Pacífico. Son regiones de enorme atractivo y, al mismo tiempo, de gran vulnerabilidad. Allí se juega buena parte de nuestra reputación internacional. Debemos demostrar que podemos crecer con equilibrio o repetimos patrones de saturación que otros destinos hoy están tratando de revertir.
Un segundo punto decisivo será lo que ocurra en corredores estratégicos como el Río Magdalena, donde cultura, paisaje, navegación y bienestar local pueden integrarse en un modelo de turismo patrimonial único en América Latina, siempre y cuando exista un ordenamiento claro y una visión de largo plazo.
La adaptación al cambio climático será otro elemento determinante. El turismo del futuro no dependerá solo de promover o atraer, sino de garantizar agua, energía, manejo de riesgos y movilidad sostenible. Los destinos que no se preparen simplemente perderán competitividad.
En el plano empresarial, veo un cambio positivo y en marcha. El sector privado colombiano ya está adaptándose a las nuevas exigencias del mercado internacional. La demanda que cada vez está más informada y sensible a criterios ambientales y sociales está impulsando a hoteles, operadores y experiencias a elevar sus estándares.
Quizás la decisión más delicada será lo que hagamos en los territorios de mayor fragilidad ecológica y cultural. Regiones como la Amazonía-Orinoquía colombiana, o el Macizo colombiano requieren límites claros, decisiones basadas en evidencia y comunidades fortalecidas. Allí no hay margen para la improvisación: esos territorios pueden convertir a Colombia en referente global de sostenibilidad o en ejemplo de pérdida de capital natural y cultural.
Por último, hay un punto menos tangible pero igual de importante: el relato que adoptemos como país. Más que un titular o un eslogan de campaña, me refiero a la coherencia entre lo que contamos y lo que hacemos. Un país que reconoce la fragilidad de su naturaleza, valora a sus comunidades y comprende la responsabilidad que implica ser megadiverso, proyecta un modelo turístico distinto: más respetuoso, más auténtico y más sostenible en el tiempo.
En la última parte de su artículo usted afirma que “la verdadera regeneración ocurre cuando los destinos quedan mejor que como los encontramos”. ¿Qué casos concretos, en Colombia o fuera, considera referentes de turismo regenerativo auténtico y qué aprendizajes deberían guiar la siguiente etapa de desarrollo turístico del país?
Creo que el turismo regenerativo no es tanto un fin como una consecuencia bien gestionada. La regeneración ocurre cuando las experiencias están tan bien diseñadas que visitantes, operadores y comunidades encuentran una razón natural para cuidar aquello que hace posible la actividad. En el avistamiento de aves, por ejemplo, la conservación no depende del discurso sino de la lógica misma de la experiencia: si no se preserva el ecosistema, no hay aves que avistar. El visitante se conecta, el operador se compromete y el dueño del terreno entiende que proteger ese entorno es proteger su futuro.
Esa misma lógica aparece en algunos de los mejores referentes internacionales.
En Nueva Zelanda, el “Tiaki Promise” invita al visitante a convertirse en un guardián temporal del destino. Y lo más importante es que las comunidades maoríes no solo participan: organizan la forma de la experiencia turística definiendo qué lugares pueden visitarse, cómo se cuentan las historias, qué límites deben respetarse y qué prácticas culturales pueden compartirse. Allí el turismo protege porque está construido sobre un sistema de valores compartidos.
En Costa Rica, la recuperación de sus bosques no surgió por imponer un mandato regenerativo, sino porque se diseñó un modelo donde parques, hospedajes y visitantes encontraron sentido en apoyar pagos por servicios ambientales. El turismo financió restauración porque era la forma natural de sostener las experiencias que valoraban.
Colombia tiene ejemplos igual de potentes. En la Serranía del Perijá, comunidades campesinas, firmantes del acuerdo de paz y expertos en aves construyeron experiencias de aviturismo que hoy generan ingresos y, sobre todo, un incentivo claro para proteger el territorio. En Caquetá, excombatientes que antes patrullaban los ríos hoy operan rafting y caminatas, transformando percepciones y fortaleciendo el tejido social. Y en la Comuna 13 de Medellín, el turismo cultural impulsado por jóvenes convirtió un espacio históricamente marcado por la violencia en un territorio de arte, identidad y orgullo.
En todos estos casos, dentro y fuera del país, se repite la misma idea: cuando el turismo reconoce el valor del lugar, dignifica a su gente y distribuye beneficios de manera justa, la regeneración ocurre de forma natural. No porque se imponga como una meta abstracta, sino porque cuidar el destino se convierte en la decisión más lógica para todos los actores.
Factores clave
- Colombia convierte “llegar tarde” al turismo internacional en ventaja: puede aprender de los errores del sobreturismo y crecer con equilibrio, priorizando bienestar local y protección del capital natural.
- La sostenibilidad se consolida como exigencia de mercado: 70 % de viajeros prefiere destinos sostenibles y 71 % pagaría más por operadores responsables, alineando negocio, reputación y cuidado del territorio.
- La aviación, lejos de ser solo un problema, se proyecta como vector de inclusión y transición sostenible mediante eficiencia operativa, compensaciones serias y adopción gradual de combustibles sostenibles de aviación (SAF).
- El turismo regenerativo se vuelve viable cuando comunidades, operadores y visitantes comparten incentivos: experiencias como aviturismo en Perijá, rafting en Caquetá y turismo cultural en la Comuna 13 muestran cómo el turismo puede reparar tejido social y ambiental.
En esta conversación, Gilberto Salcedo muestra que la verdadera “gente de éxito” en turismo no es la que solo incrementa cifras de llegadas, sino la que deja territorios más fuertes, comunidades más dignificadas y ecosistemas mejor protegidos. Su mirada combina métricas claras —ingresos, visitantes, empleo local— con una comprensión profunda del valor reputacional y social de la sostenibilidad, entendida como ventaja competitiva y no como costo. Al integrar conectividad aérea, gestión territorial, narrativa responsable y participación comunitaria, propone un modelo de turismo capaz de durar 100 años porque cuida aquello que lo hace posible. El futuro que proyecta es contundente: destinos que regeneran, no agotan; viajes que enriquecen, no extraen.