María Isabel León: Liderar es servir
En tiempos de desconfianza y fragmentación, María Isabel León Klenke reafirma una convicción que ha guiado toda su vida:
“Liderar es servir “
Educadora y empresaria, ex presidenta de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP), hoy preside la Conferencia Anual de Ejecutivos – CADE Ejecutivos 2025 con la misma coherencia que ha marcado su trayectoria gremial, educativa y empresarial.
Expone con serenidad y la firmeza de quien sabe que el liderazgo auténtico no requiere estridencias para inspirar.
“Si uno quiere cambiar el país, tiene que entrar a la cancha —dice con una sonrisa leve—. La fragmentación solo se supera participando, no observando.”
Su respuesta llega con la calma de quien ha hecho del servicio una práctica cotidiana. “No se puede pedir un país distinto quedándose al margen. Asumir responsabilidades visibles y públicas es, en el fondo, un acto de confianza en el Perú.”
También forma parte del Consejo Asesor Internacional del CEAPI (España) y del Directorio del IPAE, desde donde impulsa una agenda centrada en la confianza, la educación y el desarrollo sostenible. Cada espacio que ocupa refleja una misma coherencia: el liderazgo, para ella, es más acción que discurso; más coherencia que protagonismo.
La confianza como punto de partida
A lo largo de la conversación, la palabra confianza aparece una y otra vez.
“Si uno quiere construir confianza, debe empezar por la coherencia entre lo que dice y lo que hace.”
Esa coherencia, explica, es la base de todo liderazgo sostenible. En su artículo La confianza, publicado en Correo de Lima, escribió que este valor es un activo intangible, pero decisivo para el desarrollo.
Hoy lo reafirma: “La confianza se cultiva con hechos, no con promesas. Es el hilo invisible que une a las personas, a las instituciones y al país.”
Responde desde la experiencia. Quien ha representado gremios y ha estado en espacios públicos sabe que la credibilidad no se impone: se construye día a día.
— Perfecta si quieres mantener tono de entrevista fluida.
“Las instituciones no se sostienen por los discursos —añade—, sino por la integridad de las personas que las representan.”
Una maestra que nunca dejó el aula
Antes de dirigir empresas y foros, María Isabel León fue educadora. Esa raíz, confiesa, marcó su manera de liderar.
“La educación me enseñó que liderar no es mandar, sino inspirar. Que escuchar y acompañar puede ser más transformador que imponer.”
Su paso por el aula le permitió entender las organizaciones como comunidades vivas. “Todavía falta comprender que las personas no son recursos: son historias, talentos y propósitos que, bien canalizados, pueden transformar una cultura entera.”
De ahí su visión pedagógica del liderazgo:
“Liderar es ayudar a otros a descubrir su potencial. Inspirar confianza no desde la autoridad, sino desde el ejemplo.”
El país que necesita volver a creer
Cuando habla del Perú, su voz se vuelve más firme.
“El país necesita menos desconfianza y más colaboración. Si logramos unir conocimiento, ética y acción, podremos construir un proyecto nacional que trascienda los intereses individuales.”
Hace una pausa, breve pero significativa.
“La confianza empieza por uno mismo. Si cada persona se compromete a hacer bien su parte, el país cambia.”
Sobre su escritorio, una nota manuscrita le recuerda el rumbo:
‘Haz lo correcto, aunque nadie mire’.
“Hemos fallado en conectar la educación con la vida real —reflexiona—. Formamos estudiantes que memorizan, pero no ciudadanos que piensan. Un país no avanza con obediencia, sino con criterio.”
Educar para transformar
Para León, la educación no es solo un tema sectorial, sino la raíz del cambio estructural.
“Formamos estudiantes a través de la instrucción, pero no siempre ciudadanos capaces de transformar su entorno. Enseñamos contenidos, pero olvidamos los valores y el propósito”.
Lo dice con la convicción de quien ve en la educación el motor invisible de toda sociedad.
En su mirada, el aula es el espacio donde empieza el futuro del país, y también donde puede perderse. “Ahí se siembra la confianza, el respeto y la empatía. Sin eso, ninguna reforma económica tiene cimientos.”
El ciudadano del futuro
“El futuro del trabajo ya cambió”, afirma con serenidad, como quien ha sido testigo del proceso más que de la sorpresa. No lo dice con alarma, sino con la certeza de que los cambios profundos no llegan de golpe: se instalan despacio, casi en silencio.
Se toma un segundo, como quien prefiere pensar antes de responder.
“Necesitamos ciudadanos curiosos, empáticos y resilientes —añade—, capaces de pensar con criterio, dominar las herramientas digitales y actuar con compromiso social. No basta con saber; hay que querer aportar.”
Su tono es pausado, pero la convicción se percibe en cada frase. Habla desde la experiencia, con la memoria de años entre la educación y la empresa. En su relato, ambos mundos se entrelazan sin jerarquías: son espacios donde se aprende a convivir, a decidir y a construir.
“Las habilidades interpersonales —continúa— son el puente entre lo que sabemos y lo que somos capaces de crear juntos. Quien sabe comunicar, colaborar y escuchar puede adaptarse a cualquier entorno.”
Cada frase fluye con naturalidad, como si formara parte de una misma idea: el conocimiento sin propósito se vuelve frágil; la técnica sin empatía, incompleta.
“El progreso —resume— no se mide por la tecnología que usamos, sino por la humanidad con la que la aplicamos.”
“El futuro del trabajo no se construye con máquinas, sino con personas capaces de darle sentido a lo que hacen. Ese es el verdadero cambio que necesitamos.”
Tecnología con propósito
Hablar de tecnología la lleva al terreno ético.
“El riesgo es construir un país eficiente, pero vacío. La innovación sin valores puede convertirnos en una sociedad conectada, pero deshumanizada.”
Aclara enseguida: “La inteligencia artificial es una herramienta, no un destino. El destino lo marcamos nosotros con nuestras decisiones.”No hay fatalismo en su tono, sino serenidad. Su mirada combina realismo y esperanza. “La tecnología debe servir al bien común. Si no mejora la vida de las personas, simplemente no cumple su propósito.”
Cada domingo, una pausa para pensar
En su libro Cada domingo, León reunió reflexiones semanales sobre el país y el liderazgo. Si tuviera que escribir una hoy, sonríe antes de responder:
“Diría que todavía estamos a tiempo de creer en nosotros como nación. La confianza no se impone: se construye con respeto, coherencia y esperanza compartida. Y se predica con el ejemplo.”
Su tono se suaviza. Habla como quien se dirige a sus alumnos, no a una audiencia. Cada palabra parece pensada para abrir un espacio de reflexión, no de consigna.
Mujeres que abren camino
Le pregunto qué le diría a una mujer que desea liderar sin renunciar a su autenticidad.
“Le diría que no pida permiso para ser ella misma. Que actúe con seguridad, sin perder la empatía. Las mujeres la tenemos más difícil en muchos espacios, sí, pero estamos hechas de acero inoxidable y no solemos darnos por vencidas.”
Ríe al decirlo, pero la idea queda firme: el liderazgo femenino no busca privilegios, sino equilibrio.
“Liderar desde la autenticidad —añade— es ejercer poder con empatía y propósito.”
Una vida guiada por el servicio
A lo largo de su trayectoria, hay una palabra que resume su propósito: servir.
“Enseñar, dirigir o representar son distintas formas de servir. Todo lo que he hecho ha tenido ese propósito: ayudar a los demás y construir un Perú mejor.”
En su voz, servir no suena a sacrificio, sino a gratitud. Es la manera en que elige liderar: con sentido, con coherencia y con fe en las personas.
Antes de despedirse, le pido que resuma su propósito en una sola palabra. No duda.
“Servir.”
Y en ese verbo breve, luminoso y firme, se condensa toda una vida guiada por la coherencia, la convicción y la esperanza.