La mitificación y desmitificación del líder

Liderazgo, esa habilidad para conducir a otros en torno a un objetivo, es hoy una de las cualidades más relevantes cuando de gestionar una organización se trata. La capacidad de un individuo para tomar decisiones que resulten exitosas y gestionar los recursos de forma efectiva, supone sólo parte de su labor, pues para lograrlo y según las crecientes expectativas que existen sobre esta figura, éste deberá, a juzgar por ello, hacer gala de un listado casi interminable de cualidades que poco lo separan de alguna figura mítica.

En muchos de nuestros países, el liderazgo mesiánico, ése tan propio de la política al prometer resolverlo todo y en el que parte de la población se  recuesta para, en ocasiones (más de las que quisiéramos) evadir su responsabilidad personal con la atención y resolución de sus problemas, se traslada también al mundo empresarial. Muchas organizaciones han generado la expectativa de una especie de superhéroe y todopoderoso que se construye en el imaginario colectivo, bajo la necesidad (o el deseo) de contar con un líder que logre todo para todos. Las cualidades deseadas de tal líder son, entre otras, que sea: carismático, resiliente, humilde, experto, educado, comunicativo, enfocado, transparente, íntegro, honesto, ético, apasionado, inspirador, innovador, paciente, estoico, analítico, estratégico, auténtico, con capacidad de decisión, genuino, empoderado, positivo, generoso, persistente, responsable, visionario… y además, si es buenmozo(a) mejor, elaborando una figura casi propia del olimpo, un Dios o Semi Dios, que todo lo hace, todo lo puede, todo lo sabe y todo lo logra.

Para algunas personas, el liderazgo es “algo con lo que se nace” y lo cierto es que, si bien algunas personas pueden tener habilidades particulares que le ofrecen un potencial cargado de ventajas comparativas, lo cierto es que son personas ordinarias, quienes se hacen extraordinarias, cuando deciden asumir el liderazgo, bien sea de su vida, comunidad, equipo de trabajo, movimiento social, organización, o incluso, su país. El liderazgo es objeto y sujeto de preparación, se trabaja, se construye, y sólo se consolida cuando se gana el respeto y la confianza de quienes se aspira liderar y estos deciden seguirlo. Siempre se puede imponer la autoridad desde una posición jerárquica, pero no por ello se ejerce el liderazgo. Son múltiples las consideraciones que se deben tomar en cuenta para un ejercicio positivo del liderazgo, independientemente del estilo personal que alguien pueda tener, o de sus cualidades más resaltantes. En general, hay una base fundamental constituida por una combinación de disciplina, método y actitud que resultan fundamentales.

Si bien todo líder tendrá sus objetivos particulares, hay elementos que todo aquél que está, o desea estar, en esa posición debe considerar. Por una parte, el líder debe estar consciente de sus intenciones y como éstas son transmitidas e interpretadas por sus audiencias. Sus intenciones se transmiten voluntaria e involuntariamente, por lo que la conexión de éstas con su propósito debe procurar la consistencia entre las palabras y acciones que generen seguridad, confianza y claridad en sus seguidores. El líder debe estar preparado emocionalmente para impactar y resistir; debe ser capaz de imprimir el justo grado de emoción, con el fin de impactar positivamente a sus equipos, y debe ser capaz de resistir emocionalmente los embates de los que será objeto, producto de las presiones propias de asumir tal posición.

                                                                                  

Por otra parte, las habilidades del habla y la “escucha activa” deberán afinarse. La capacidad de gestionar una comunicación efectiva a partir de comprender su entorno, por medio de lo que otros tienen que decir, resulta fundamental, esto lo mantendrá no sólo conectado con los hechos, sino con las interpretaciones de éstos a partir de lo que cada uno a su alrededor percibe, comprende y transmite. Del mismo modo, su capacidad para estructurar mensajes, convertirlos en narrativas atractivas, influyentes y de interés, supone darse a la tarea de construirlas para luego integrarlas a la habilidad de saber narrarlas, contarlas y transmitirlas, con la adecuada y proporcionada mezcla de razón y emoción comunicadas simultáneamente.

Parte de la tarea a la que se enfrentará todo líder, es a la inexorable responsabilidad de tomar decisiones, ésas que deben procurar el logro de objetivos en beneficio de la sostenibilidad del negocio, aunque en ocasiones, dichas decisiones no sean las más populares. También, corresponde al líder asegurar las estructuras que distribuyan apropiadamente las tareas y su flujo en su organización. La delegación se convierte, en consecuencia, en una delicada tarea donde la claridad del proceso y el soporte que éste le dé, serán cruciales para el éxito de las responsabilidades o acciones encomendadas. Para que todo esto sea una realidad, el líder debe ser capaz de construir y compartir una visión de futuro, donde su equipo u organización pueda verse reflejada; un sentido de propósito claro que trascienda al simple, y a la vez complejo hecho de la rentabilidad, la cual ya no se mide sólo en términos de beneficios económicos, sino en términos de la capacidad que tengan dichos recursos para generar progreso, desarrollo y bienestar.

En fin, para todos aquéllos que buscan liderar sus organizaciones, es importante no olvidar que no es lo mismo asumir una posición de “jerarquía” que una posición de “liderazgo”. Se puede ejercer el liderazgo sin importar la posición que uno pueda detentar en la organización circunstancialmente, y no hay que esperar a tener la jerarquía para empezar a liderar. Lo importante será, dar lo mejor de nosotros, desde donde estemos, y prepararnos cada vez más en la procura de un modelo de liderazgo basado en la colaboración, la responsabilidad y la construcción de un mejor futuro para todos.

 

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