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martes 5 julio 2022 08:30 am
Santo Domingo
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Las niñas suelen tener más dificultad para lograr el acceso a la escuela

Afirma la experta que la escuela en los países latinoamericanos, azotados por la pobreza y la corrupción, difícilmente puede asegurar para todos los niños un ambiente estimulante y rico en oportunidades de aprendizaje que ellos necesitan desde la primera infancia.  

En el 2015, el Banco Interamericano de Desarrollo nombró Elisa Guerra como la “Mejor Educadora de América Latina y el Caribe”, un título que define su pasión. “Me convertí en maestra por accidente. Pero esa aseveración es inexacta. Descubrir la pasión por la enseñanza fue el accidente. Abrazar la profesión docente fue una decisión”.

Como madre, Elisa se encontró ante muy pocas opciones para cobijar los primeros pasos de su hijo en el largo camino de la educación formal. “No es que no existieran escuelas, las había, por supuesto, con amplias y coloridas instalaciones, y con maestras cariñosas y competentes. Pero no había magia”, señala.

Se sintió decepcionada de los programas educativos, unos por escuetos, otros por mediocres. “Yo quería un lugar donde se viviera el aprendizaje como una celebración, y no que se sufriera como un castigo. Un espacio donde el arte, la música y las culturas fueran investidas con el mismo privilegio que se daba a las matemáticas, la gramática y las ciencias. Un entorno donde los niños pudieran moverse y hablar, y no una celda para homogeneizar, que valorara la inmovilidad y el silencio como el epítome de la buena conducta”. 

Así surgió la idea, que en ese momento parecía completamente racional y justa, de fundar la escuela que quería para sus hijos. Y eso hizo, sin más herramienta que su recién descubierta vocación. De eso han pasado más de veinte años. 

“Todos los niños llevan dentro de sí la semilla de la genialidad. Es nuestra responsabilidad darles el ambiente propicio para que esa semilla crezca y de frutos”, afirma Elisa, convencida que ese es el derecho de nacimiento de todos los niños. 

Elisa Guerra será uno de los speakers en E-tech, Evolving Education, uno de los encuentros más importantes del sector ED-Tech, donde hablará de la educación para la ciudadanía global, que para ella es otra forma de decir “altamente capaces y profundamente humanos.” Explorará cómo se vería este cambio de paradigma en las aulas de hoy, y también en las aulas del 2050.  Sin embargo, aclara que al hablar de las aulas del futuro no pretende hacer una “predicción”, sino más bien un conjunto de proyecciones. 

 

La educación es clave en el desarrollo sostenible, ¿cuáles son los grandes desafíos para cumplir con el ODS 4?

En mi opinión, entre los muchos retos que persisten hay dos especialmente importantes. Uno de ellos es la comprensión lectora. Según UNESCO y el Banco Mundial, existe una crisis global del aprendizaje – que ya estaba presente antes de la pandemia: Uno de cada dos niños de diez años, en países de ingresos medios y bajos, no pueden comprender un texto simple. A nivel Latinoamérica, según la prueba PISA de la OCDE, 50 % de nuestros estudiantes de 15 años están por debajo del nivel aceptable de lectura. Esto es gravísismo, porque la lectura es la puerta de una buena parte del aprendizaje académico. Si queremos aprendientes de por vida, necesitamos lectores de por vida. Si la mitad de nuestros niños y jóvenes no pueden comprender lo que leen, tendríamos que cuestionar seriamente cómo les hemos enseñado a leer. Me parece que nuestros sistemas escolares han sido relativamente exitosos en “alfabetizar,” pero han sido un rotundo fracaso en crear lectores y escritores. 

Otro gran reto es la poca habilidad de muchos de nuestros estudiantes para autogestionar su aprendizaje, y esto es algo que se ha hecho dolorosamente evidente durante la pandemia. La mayoría de los niños necesitaban al docente diciéndoles qué hacer y cómo hacerlo, y cuando todos tuvieron que irse a casa y trabajar de otra manera, muchos se quedaron a medias. Pero ese es el modelo que nuestras escuelas han establecido a través de los años: siempre se la ha dicho al estudiante qué aprender, cómo aprenderlo, y cómo saber si lo aprendió. Al docente se la dicho qué enseñar, cómo enseñarlo, cuántas horas y minutos debe dedicar a cada tema. En aras de la estandarización, hemos limitado e incluso eliminado la autonomía de las escuelas, docentes, niños y niñas.  

 

¿Cuáles son los aspectos claves que debe incluir un proyecto educativo que ayude a niños, niñas y jóvenes a enfrentar los retos del presente y del futuro?

Me parece que el fin último de la educación debería ser formar a nuestros niños y jóvenes altamente capaces y al mismo tiempo profundamente humanos, para que puedan transformar su propia vida y la de las comunidades que conforman. “Altamente capaces” implica muchas cosas, por supuesto, más allá de las alfabetizaciones fundamentales: responsabilidad hacia un planeta dañado, participación cívica y democrática, restauración de inequidades, competencias digitales, alfabetización científica, profundización en las artes. “Profundamente humanos” requiere, necesariamente, integrar las emociones a las prácticas educativas, y transitar - como establecemos en el reporte de la Comisión para los Futuros de la Educación, de UNESCO- hacia pedagogías de cooperación y solidaridad. 

Un proyecto educativo centrado en los derechos humanos y la ciudadanía global – aunado a la capacidad de seguir aprendiendo de por vida- es quizá la mejor manera de enfrentar la complejidad, volatilidad e incertidumbre de nuestra época. 

                                                

En un mundo de cambios avasallantes y novedades tecnológicas, ¿cómo evitar que los proyectos educativos queden atrás? ¿Cómo mantenerlos actualizados?

Yo propondría, en primer lugar, hacer un ejercicio creativo. Reunirnos en nuestras escuelas recién abiertas y en lugar de hacer inmediatamente un “recuento de los daños” postpandémicos, imaginar que la escuela no existe, que desapareció el día que cerramos sus puertas en marzo de 2020. En lugar de buscar la manera de regresar lo más pronto posible a los mismos esquemas que teníamos antes (lo conocido nos genera una sensación de seguridad) atrevernos a cuestionar, seriamente, qué queremos y necesitamos de la escuela, como si no existiera, como si la estuviéramos inventando “desde cero.”  Entre muchas cosas, me gustaría que nuestros sistemas educativos fueran menos rígidos y pesados. Necesitamos algún tipo de estructura, claro, pero flexible y ligera, así como repensamos la ingeniería de la construcción para levantar edificios que resistieran las sacudidas de los sismos. Efectivamente, en este mundo de “cambios avallasantes,” ya sabemos que vendrán muchos otros terremotos, más allá de COVID-19. Tenemos que estar listos para enfrentar esos cambios.

Y habiendo dicho esto, quisiera proponer que en la educación también se necesita cierto nivel de estabilidad. No se trata de cambiar por cambiar, con mucha prisa y poca reflexión. Por ejemplo, cambiar de currículo y modelo educativo con cada administración no nos ayuda avanzar, al contrario, nos estanca, sobre todo cuando, como es usual, se desecha lo que vino antes como si fuera una herencia maldita. Hemos tenido una sucesión de gobiernos iconoclastas que asumen y predican que no hay nada rescatable de los modelos educativos de sus predecesores inmediatos, y que destruyen y reconstruyen a las carreras -para que no se les acabe el sexenio- sobre las ruinas humeantes de una escuela dolida. Tenemos que encontrar la manera de rescatar a la educación, que ha sido secuestrada por una administración tras otra, independientemente de afiliaciones partidistas e ideologías políticas.  Yo no soy experta en política educativa ni mucho menos, soy sólo una maestra, pero este tema me frustra y me preocupa. 

 

A pesar de los avances en la educación, en Latinoamérica y el mundo persiste un alto grado de discriminación a las niñas. En su opinión, ¿cómo lograr igualdad en la educación? 

Niños y niñas enfrentan retos, algunos similares, otros diferentes. Las niñas suelen tener más dificultad para lograr el acceso a la escuela, pero una vez que están ahí, suelen tener mejor desempeño académico que los niños. Ellos corren mayor riesgo de repetir grados escolares y de tener un menor aprovechamiento, según “Leave No Child Behind,” un reporte de UNESCO recién publicado este año. Ya hemos hablado de la crisis global del aprendizaje. Los datos disponibles muestran que los niños suelen lograr una menor compresión lectora en comparación con las niñas, y que si bien aún ellos obtienen mejores resultados en matemáticas, la brecha se está cerrando. En términos generales, entonces, con las niñas el corazón de la crisis está en el acceso a la escuela, y con los niños, en la desvinculación con el aprendizaje. 

Me parece que la mejor manera de atender estos distintos aspectos de la crisis es mejorar la escuela para todos, enfatizando el apoyo a los más vulnerables, independientemente de su género, pero sí dependiendo de su contexto. Esto no quiere decir, como bien puntualiza la UNESCO, que las acciones a favor de los niños sean en detrimento de las niñas, o viceversa. Al contario, todo suma. Si además de luchar para que las niñas tengan la oportunidad de llegar y permanecer en la escuela, atendemos también el problema de la desvinculación de los niños y de la calidad educativa en general, estaremos más cerca de lograr mejores resultados de aprendizaje, mejores oportunidades de empleo, ingreso, bienestar y equidad de género. 

 

Recibió el nombramiento de la UNESCO para integrar la Alta Comisión Internacional para los “Futuros de la Educación”, ¿cuáles son sus expectativas con los logros alcanzados? 

El nombramiento vino en 2019, en la antesala de la pandemia. La Comisión estuvo integrada por 18 personas de diferentes lugares del mundo, entre académicos, políticos, investigadores, científicos, activistas e intelectuales. En realidad, yo fui la única docente de educación básica en el grupo. Trabajamos bajo el liderazgo de Sahle- Work Zwede, Presidenta de Etiopía. El mandato que recibimos fue el de reimaginar la educación de cara al 2050 y elaborar un reporte global que presentara los principales hallazgos y propuestas para transformar la escuela; para ello se recibieron y analizaron los aportes de más de un millón de personas. 

Durante poco más de dos años trabajamos en este reporte, que fue publicado en noviembre de 2021 y al que titulamos “Reimaginar Juntos Nuestros Futuros: Un nuevo contrato social para la educación.” Desde un principio lo pensamos como un “documento vivo,” más para generar conversaciones que para ofrecer soluciones o presentar “recetas.” Una de las premisas principales del reporte es que el modelo de escuela que tenemos ya quedó muy corto para las demandas de un mundo complejo, vulnerable e incierto. Proponemos algunas ideas sobre las cuales podemos construir un nuevo contrato social para la educación basado en los derechos humanos, a partir de los currículos, las pedagogías, los docentes, las escuelas y la colaboración internacional. Además, hacemos tres preguntas: ¿Qué deberíamos seguir haciendo? ¿Qué deberíamos dejar de hacer? Y ¿Qué deberíamos reinventar de manera creativa?

El reporte ha sido muy bien recibido en todo el mundo. Mi esperanza es que sirva como punto de partida para generar las conversaciones – y acciones- necesarias para transformar la educación, precisamente en un momento como este, cuando la sacudida de la pandemia nos ha dejado vulnerables, pero también más sensibles y abiertos al cambio. 

                                   

¿Cuál es la huella que quiere dejar con su labor?

Desearía que mi trabajo contribuyera a desenredar la madeja de la crisis del aprendizaje, especialmente en torno a la lectura.  Desearía colaborar en la construcción de un paradigma educativo que reconozca el enorme potencial de los niños pequeños y la importancia de la primera infancia para alcanzar ese potencial, especialmente con niños en contextos vulnerables, reduciendo o incluso eliminando las brechas de logro académico. Desearía aportar ideas y acciones en la conversación global en cuanto a la necesaria transformación de las escuelas, para convertirlos en espacios amables, incluyentes y estimulantes. 

Método Filadelfia

Elisa Guerra desarrolló el “Método Filadelfia” a partir del trabajo de Glenn Doman, quien diseñó una propuesta para que padres y madres enseñaran a sus propios hijos en casa. “Así me inicié como maestra. Cuando fundé mi primera escuela, muy pronto me di cuenta de que no era lo mismo enseñar a tus propios hijos en la sala de tu casa, que enseñar a un grupo numeroso de niños pequeños en un ambiente escolar”. 

Con el paso de los años, fue integrando a la propuesta lo que le parecía más relevante de las tendencias internacionales en educación. A la par, desarrolló sus propios materiales educativos, publicados por Pearson Latam: texto para preescolar (2014) y para primaria (2018).

 

La propuesta, entre muchas otras cosas:

  • Reconoce la infancia temprana como uno de los periodos más fértiles y determinantes para el aprendizaje a lo largo de la vida. Nuestro proyecto se extiende hasta el noveno grado (educación secundaria.)
  • Presenta un currículo enriquecido que va desde la lectura temprana hasta la ciudadanía global, haciendo énfasis en el arte, música, cultura, plurilingüismo y alfabetización científica.
  • Incorpora metodologías abiertas y reposiciona a docentes y aprendientes como personajes activos en una sucesión permanente de encuentros pedagógicos. Dicho de otra manera, cree que no es posible alcanzar la mente de un niño si no se toca antes su corazón.